Divagacionistas

FRÍO

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«Parece que hace frío» pensó dubitativo. Pero necesitaba salir de casa. Eran días difíciles, cosas malas habían sucedido hacía muy poco tiempo y él había sido consciente, quizá por vez primera, que la vida también era eso. Sabía que tenía que pasar, que iba a suceder en algún momento  y que se repetiría más veces. Inevitable, como el día sigue y precede a la noche, en eterna sucesión. Y esos días difíciles eran noche cerrada continua en su alma. Una noche que anidó y arraigó -quizá-para siempre. De modo que vencida la pereza, enfiló las calles y empezó  a vagabundear. Sí, hacía frío, como atestiguaba silencioso su anorak de plumas, agradecido por haber sido el compañero elegido. Frío por fuera, combatible, pero frío también por dentro. El tipo de frío que termina por congelarte el ánimo y sumirte en una hipotermia vital, de la que saldrás, o no, dependiendo del calor humano que seas capaz de generar (y absorber) a tu alrededor.

En ese largo paseo sin rumbo, la vio. A lo lejos todavía, pero aproximándose en su dirección. «Joder». El escalofrío que le recorrió la espalda le espabiló. Y ante sí se presentaron dos opciones: seguir su camino sin rumbo en esa misma dirección o variarlo para evitar chocar contra el témpano de hielo andante. La duda se disipó rápidamente. Sólo huyen y se esconden los pusilánimes. De modo que, impertérrito, siguió el rumbo kamikaze sugerido por el azar. A medida que se aproximaba su mirada se aceró, pero no se desvió. Con la inminente colisión calibró con inquietud la situación. «Sobreviviré. Daños asumibles. O eso espero». El gélido duelo visual duró una eternidad comprimida en unos segundos. No hubo colisión. Ninguno ganó, ninguno perdió. Pero no naufragó. Y eso ya era su victoria. De modo que con el ánimo reconfortado y templado, decidió que era hora de reconfortar y templar también el cuerpo. Ni hay mal que cien años dure ni pena que no se encoja frente a un chocolate caliente con churros.

Se cobró el botín sudando, pero en su cara se empezaba a dibujar esa sonrisa que aflora cuando un examen sale bien. Los copos de nieve que relajadamente comenzaban a caer le informaban que afuera seguía haciendo frío.

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Recuerdos

EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES PASADAS

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Pues ya está aquí otra vez. Los observadores menos sagaces lo notarían hace unas semanas. Justo las que han pasado desde que los munícipes de ¿nuestras? ciudades y pueblos dejaron atrás la excusa de la crisis para volver a simular un bonito mundo multicolor (debí tomar la pastilla azul), mucho más apreciable de noche, en el que las luces –LED, por supuesto, que hay que ecoahorrar- pretenden encender el ánimo, estimulando el alegre espíritu consumista, por el bien del país. Los más astutos empezamos a sospechar mucho antes, cuando los supermercados se empezaron a llenar con dulces típicos tradicionales desde primeros de octubre. El caso es que a mí todo este asunto, ni fu ni fa, oigan. De hecho mucho más fu que fa, siendo fu la contracción de «menuda-mierda-qué-asco-todo». Porque aquí donde me leen, soy todo un Grinch hecho y derecho (bueno, algo de chepilla luzco, pero sepan que crecí viendo a Los Payasos de la Tele -los originales, no los que todos los días salen en su autodenominada «cadena amiga»- y el paso del tiempo carga bastante el cuerpo y el ánimo).

Lo cierto es que recuerdo mis navidades infantiles como algo maravillosamente mágico. Magia, esa era la clave. En tiempos en que la vida transcurría invariablemente en blanco y negro, la llegada del 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, daba el banderazo de salida a la Navidad. Después de la preceptiva visita del director del colegio clase por clase, dando su charla acerca de «Nuestra Madre del Cielo» [sic], en alguna ocasión acompañado por un afortunado alumno elegido al azar -no piensen mucho, yo mismo fui un año el agraciado-, más colorado que el traje de un, generalmente, incompareciente Papá Nöel (por entonces no debía tener pasaporte en regla; recordemos que en aquella época no existía el Espacio Schengen) para responder a sus preguntas sacadas del catecismo escolar. Y después, por supuestísimo, de elaborar la manualidad ad hoc, con una postal de un cuadro de la Virgen de Murillo, purpurina y pinzas de tender -de madera, claro- daba comienzo la temporada prenavideña. No antes.

Se iban descontando los días, lentamente al principio y luego a la velocidad de los camellos de los Reyes Magos (ellos tenían asignada esta parte del mundo para sus operaciones de reparto, cumpliendo mejor que Amazon en fechas de entrega, sin lugar a dudas). Teníamos que ser buenos, porque ellos lo veían todo, lo oían todo, lo sabían todo… Inquietante para la pánfila mente de un niño que, como Fox Mulder, quería creer. Ayudaba bastante que en el día previo a las vacaciones de Navidad dieran las notas y, miren por dónde, solían ser muy razonables para sentirme con derecho a escribir mi carta a Sus Majestades de Oriente con cierto desahogo y esperanza fundada en recibir lo respetuosamente solicitado. Y casi siempre leían y atendían mis peticiones. Que solían coincidir con las «sugerencias» con que mis progenitores me iban modelando la cabecita y la carta desde principios de mes. Porque para Magos, ya les digo yo, mis padres.

El caso es que el día 20 de diciembre ya estaba de vacaciones escolares. Podía ver el sorteo de Navidad, con más ilusión que hoy en día, que es sobre todo por esperanza. Y de ahí a Nochebuena, nada, un par de suspiros. Suspiros que se pasaban preparando el menú, en el que nunca faltaban ni el caldo ni el cardo (¡cuántas bromas con estas dos palabras, por las confusiones que se originaban entre los comensales y quien servía los platos!). También tengo grabado a fuego en mi memoria la bandejita de 200 gr de angulas congeladas que compraba mi padre, a precio de, bueno, de angulas. De las de verdad, no de esos sucedáneos actuales. Para picar todos, rehogadas con ajo y guindilla. Si eran tan absurdamente caras, tenían que ser ricas. Desde luego, para ricos eran, lo otro queda para gustos. Es la única concesión que recuerdo que se tomaran mis padres. Y muy merecida, por supuesto. En la bandeja de postres no faltaba de nada: mazapanes, polvorones sin sabores adicionales, guirlache, turrón duro y turrón blando. Este último siempre fue superior a mi paladar y el primero, a mis dientes. Ah, y almendras garrapiñadas. Hasta que cierto glorioso año, apareció el turrón de chocolate Suchard, con arroz inflado. Se podría decir con justicia que marcó un punto de inflexión en mi infancia.

El Árbol siempre en su rincón del saloncito, con su abigarrado estilo, compuesto de bolas y espumillón de múltiples colores y luces intermitentes, rematado por una imponente estrella. Convenía que hubiera suficiente espacio a su alrededor para poder albergar los regalos pedidos. La estampa no estaba completa sin un radiocasete mono con una cinta de villancicos. Si han olvidado lo que son, les cuento: esas canciones con temática navideña. Quizá alguno de ustedes ya lo han recordado si hacen sus compras estos días por calles comerciales con tiendas que colocan altavoces en el exterior para animar el cotarro con este soniquete celestial (Feliz Navidad, Feliz Navidad. Feliz Navidad, Próspero Año y Felicidad) A todas horas, en bucle, para gozo y disfrute de los peatones y potenciales clientes, aunque me temo que no tanto para sus vecinos. Si son millenials, supongo que lo habrán encontrado en Google.

Y el belén, mi parte favorita de la ornamentación casera. Con todas sus figuritas, el musgo, la arena recogida de alguna obra, o tierra de la calle, el río de papel Albal, todo debidamente espolvoreado con harina para simular la nieve…

Huy, casi olvido la coronita con acebo que colocábamos en la puerta, por fuera, intentando no tapar la mirilla, aunque rara vez se usaba.

El asunto  es que esa generalmente fría noche era especial -sí, por aquél entonces solía hacer mucho frío, dando claridad a la oscuridad nocturna los reflejos de la nieve o el hielo-. Padres, tíos, abuelos, niños, juntos, olvidando por un buen rato los problemillas del resto del año. Y con permiso expreso para acostarnos tarde. Porque había que jugar unas buenas partidas de Copo, un sencillo juego de naipes, en las que se podían ganar o perder unas cuantas pesetas. Cosa seria, oigan.

El caso es que esas navidades pasaron a ser un recuerdo, hace ya demasiado tiempo. Imborrable, eso sí. Se diluyeron poco a poco, aunque de manera irremediable, como lágrimas en la lluvia. Falta la Magia. Por eso quiero que deje de visitarme el Fantasma de las Navidades Pasadas. Pero el espectro insiste en regresar, año tras año. No quiero ser un remake de Mr. Scrooge. Debo espantarlo de una vez por todas. No queda sino batirse…

Sin embargo, reconozco que al volver a casa en Nochebuena miro al cielo, esperando que esté despejado, tratando de atisbar movimiento inusual entre los tejados. Porque ya no debe haber fronteras. Y eso favorece al bueno de Papá Nöel y por ende, a todos, ¿no creen? Feliz Navidad.

PD: sigo viendo esperanzado el Sorteo de la Lotería de Navidad. ¿Ustedes, de salud bien?

Ho, Ho, Ho

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SOLSTICIO DE INVIERNO

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Está la cosa gris

Pensó ensimismado mientras agitaba la cucharilla dentro de la taza friki en la que gustaba de prepararse un té Darjeeling. Dudaba si añadir una chispa de azúcar refinada, ya que había leído que la llamaban uno de los «venenos blancos». Por algo sería. Esa tarde era fría, según le advertía la ventana frente a la que estaba sentado, con la condensación inherente a la niebla, ese efecto especial atmosférico que envuelve con sus jirones etéreos todo a su alrededor, dando un sutil y melodramático toque a cualquier cosa en contacto con su humectante presencia. Que te cala incluso el alma, si no la tienes a buen recaudo. Tampoco era tan raro, ya que el calendario avanzaba vertiginoso hacia el solsticio de invierno. «Días de diciembre, días de amargura, apenas amanece ya es noche oscura». Maldito refranero.

Solsticio. Hacía mucho tiempo que esa palabra no se colaba en su vocabulario. Quizá desde los lejanos y felices tiempos de su niñez, cuando estudiaba la EGB en un colegio público. Sabía que había otras escuelas, de curas, pero esas parecían reservadas para los niños con padres más acomodados (seguramente, en varios sentidos). Nunca le importó. Nunca cambiaría su colegio por ningún otro ni, por supuesto, a sus padres. Equinoccio. Órbita. Eclíptica. De repente comenzó a navegar entre recuerdos de las clases de Naturales (¿o quizá eran de Sociales?). Lecciones que tuvo que aprender estudiando. Porque, a diferencia de otras generaciones que no tuvieron la fortuna de vivir su infancia en los 70´s, a él siempre le había gustado estudiar. A palo seco: libros, cuadernos y lápices. Después, eso sí, de merendar. Con su padre tomándole la lección al volver de la fábrica y su madre ayudándole con la pretecnología. Al fin y al cabo, se pueden tener pisos grandes con calefacción central, coches con cuatro puertas y elevalunas eléctricos, garaje y uniformes escolares, pero el gusto por aprender no se puede comprar. Ni pagar la Generosidad. Lo esencial es invisible a los ojos, pero no al corazón.

Y justo ahora que se va acercando Yule, desposeído ya de su antigua magia druida, le da por pensar que su día se va haciendo más corto, que su noche es cada vez más larga. Mientras, la ventana le regala su neblinoso reflejo fantasmagórico. Decide echar el azúcar.

Sí, está la cosa gris…

Divagacionistas

REENCUENTROS

A veces, de forma taimada, uno de esos demonios que te visitan de noche, justo cuando intentas dejar atrás un día tristemente normal, prende una chispa en tu cerebro adormilado. Ese chispazo ilumina súbitamente un rincón olvidado que protege recuerdos sepultados por el paso del tiempo. O por tu propia mente. Recuerdos de vivencias y planes que por alguna razón quedaron en estasis. Hasta que esa molesta luz centelleante, regalo envenenado de tu indeseado visitante nocturno, desencadena pensamientos que preferirías obviar. De improviso, sin más señales de alerta que una cara de asombro a duras penas imaginada en la oscuridad que te rodea o unas cejas alzadas sobre unos ojos abiertos de par en par, la memoria se activa con secuencias oníricas. Lo que en principio eran retazos de conversaciones en las que ibas a salvar al mundo, vagos recuerdos de otro tiempo – quizá mejor, quizá solo distinto – ahora se tornan acusadoras muestras en esta etapa de tu vida. Los recuerdos afloran ya sin esfuerzo, aunque hayan pasado diez, veinte, treinta años (¿de verdad importa eso?). Te das cuenta que mientras ha transcurrido ese periodo vital, te has ido perdiendo en disculpas. Excusas que no han engañado a nadie, salvo a ti mismo... Y cuando la chispa diabólica ya ha provocado un incendio en tu mente al fin despierta, cuando esos recuerdos ocupan toda tu atención, cuando comienzas a darte cuenta que no eres quien creías que ibas a ser, que solamente eres una réplica más o menos desarrollada de tu propia proyección mental que tan concienzudamente tallaste con 17 años, entonces caes en la cuenta de que es necesario volver a revivir esos momentos remotos. Que precisas encontrarte con alguien de tu pasado, (que te conoce muy bien), que te recuerde que no debes renunciar de antemano a nada. Que necesitas mirarte en ese espejo flamígero que ha puesto a tu disposición ese demonio/ángel. Que urge un reencuentro con tu YO adolescente. Escúchate, pues aún estás a tiempo.

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PRESENTACIÓN

Bueno, pues ya está hecho. O a medio hacer, mejor dicho. Tras mucho tiempo pensando, al fin me he decidido a abrir un blog. Sin pretensiones de ningún tipo. Como terapia contra los malos rollos que se instalan tan fácilmente y tanto cuestan desterrar. No prometo regularidad. Ni tan siquiera una “línea editorial”. Escribiré cuando me apetezca de lo que me apetezca.

He mantenido que, tecnológicamente hablando, me considero una persona que está 15 minutos por delante de los Amish. Espero ir aumentando ese intervalo de tiempo. Veremos.

No quiero parecerme a nadie. Sencillamente, la gente a la que leo, que es mucha, es demasiado buena para soportar una comparación. Aprenderé de todos ellos. Por favor, perdonad mi torpeza. Es lo que tiene ser premillenial.

Que la Fuerza nos acompañe.